Las papas del gringo

En su día un hombre arrojado a las carreteras en busca de sí mismo; muchacho que buscaba un mejor conocimiento de una sociedad de la que formaba parte y que parecía permanentemente enfocada en las prisas por alcanzar el objetivo final, sin parar nunca a disfrutar del camino; se encontró en algún lugar de la América hispano parlante; con mucha mucha hambre.

Sus viajes se realizaban con un solo dedo y voluntad, la voluntad de entender y compartir lo poco o nada que tenía. Era un hombre sencillo en tanto que sabía buscar el gusto en la simpleza; pero profundo porque defendía que en esa simpleza, había mucho trasfondo y complejidad.

Pues este tipo, de cazadora raída, zapatos desgastados e icono de una generación, entró en un boliche; con ganas de un trago (que también era una de sus más dedicadas pasiones) con apenas unos centavos en el bolsillo. Y resultó que como siempre pasa con las buenas cosas (es decir sin buscarlas), encontró un gran lugar ambientado con buena música y de aspecto auténtico.

Allí una muchacha de tez morena, cabello oscuro y ojos opacos; atendió al joven de cara cansada y barba de varios días. Él, que sabía que no tenía moneda que ofrecer, decidió usar el teatro y sus palabras (que era muy buenas según muchos) para convencer a aquella muchacha de que le sirviera algo. A pesar de una vida corta estuvo llena de duro trabajo; y tras la oscuridad de la barra permaneció el mensaje de que nada es gratis.

A ella le perseguían aires de hechicera, salió de la barra sin mediar palabra y como un embrujo condujo al joven a la parte de atrás del establecimiento. Y allí…, le mandó recolectar papas.

El joven sentía el peso sobre sus hombros, la pesadez del músculo cansado que incapacita el cuerpo. Sin embargo estaba hambriento y el trabajo, aunque no era poco, le pareció justo; pues él ya había sido jornalero en áridos terrenos californianos.

Eran muchas y diferentes las papas de aquel huerto, logró recolectar una gran cantidad ensuciándose bien las manos. Durante horas manoseó la tierra impregnándose de su olor y del sudor agradecido que da el trabajo para luego, cambiar de escenario y de rol; cocinero auténtico en un bar de mala muerte olvidado en la carretera.

La chica estaba aprovechándose de sus situación pero en realidad le gustaba que lo hiciera. La falta de contacto durante la vida en carretera le abrió a las reprimendas para confundirlas con amor. Así que decidió hacerse alquimista por una noche, pero tan cansado que estaba que ni se acordó de pelar la papas y las metió directamente en el horno.

De nuevo en el jardín, observó que había unas plantas con una curiosas semilla, la planta era Sinapis alba; en algún lugar durante sus viajes le habían enseñado a usarla. Allí en unas cacerolas de barro logró crear un suerte de mezcla chamánica, mientras los animales salvajes aullaban y la luz del sol caía…

***

Y así pasó la noche nuestro protagonista, cocinando a la espera de que la chica cerrara el bar. Cuando ella volvió a la cocina se encontró unas papas con piel en una cazuela de barro, y una salsa cremosa y amarilla en el centro donde poderlas untar.

Luego solo ellos saben que pasó, pero los rumores dicen que durante unos días el joven decidió asentarse un tiempo para reposar de su viaje. Desde entonces en aquel lugar se servía el alcohol con unas papas cuyo nombre era algo que sonaba a gringo; un gringo que resultó que se hizo famoso después de ese viaje; un tal Jack Kerouac.

Muchos no creen esta historia, pero algunos viajeros buscaron comprobar si era cierta; argentinos, marroquíes, franceses, españoles…. Nadie supo nunca nada.

Sin embargo, otro viajero que legó un día a nuestro bar juró haber encontrado a una señora anciana en sus aventuras que tenía el pelo y los ojos negros, y que justo antes de irse le había contado este cuento y entregado un papel; un papel manchado de mostaza y con una receta de papas. Ese papel a pesar de estar en un pueblo profundo en Iberoamérica, estaba escrito en perfecto inglés…

PapasRusticas.jpeg

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